Por más de seis décadas, el Centro Automotriz Jaquez fue mucho más que un taller. Fue una escuela de valores, un símbolo de confianza y un punto de referencia para la sociedad dominicana. Hoy, tras 67 años de servicio ininterrumpido, cierra sus puertas con la dignidad de quienes cumplieron su misión.
Los orígenes de un sueño dominicano
La historia del Centro Jaquez comienza lejos de los grandes bulevares de Santo Domingo. Comienza en Partido, un pequeño municipio de la provincia Dajabón, donde nació Rafael Jaquez, y continúa en Loma de Cabrera, donde creció rodeado de los valores que marcarían su vida entera: trabajo, humildad, disciplina y una profunda convicción de que la palabra dada es un compromiso sagrado.
En 1959, con apenas 22 años, llegó a la capital con un sueño que muchos consideraban demasiado grande para un muchacho del campo: crear un centro automotriz moderno, confiable y técnicamente superior a todo lo que existía en el país. En una época en la que la industria automotriz dominicana era todavía incipiente, Don Rafael apostó por la innovación como su principal herramienta.
Desde el primer día, su taller se distinguió por algo que no se podía comprar: decencia. Su filosofía era simple y contundente: si un cliente confía en ti, tú tienes la obligación moral de responderle con la verdad y con el mejor trabajo posible. Ese principio se convertiría en la columna vertebral del Centro Jaquez durante los siguientes 67 años.
En 1968, impulsado por su deseo de perfeccionarse, Don Rafael tomó una decisión que cambiaría para siempre el rumbo del taller: viajó a Nueva York para especializarse en la prestigiosa Brooklyn High School of Automotive Trades, una institución reconocida por formar a los mejores técnicos automotrices de la época. Era un gesto audaz —casi temerario— para un empresario del Caribe que dejaba atrás su negocio y su familia para cruzar el Atlántico en busca de la excelencia.
Mientras él estudiaba y trabajaba en la ciudad, el taller en Santo Domingo nunca cerró sus puertas. Su equipo —leal, disciplinado y comprometido— mantuvo la operación con el mismo estándar de calidad que él había establecido. Ese gesto de confianza mutua consolidó una cultura interna que sería clave para el éxito del centro: la idea de que cada miembro del equipo era guardián de una reputación que no podía fallar.
Cuando regresó al país en 1972, no volvió igual. Volvió transformado. Volvió con conocimientos, con visión y con una determinación renovada de llevar al Centro Jaquez a una dimensión completamente nueva. Lo que vendría después cambiaría la industria automotriz dominicana para siempre.
“Cada miembro del equipo era guardián de una reputación que no podía fallar. Eso no se enseña en ninguna escuela —es cultura, y nosotros la construimos juntos.”
Ese año, Don Rafael introdujo en la República Dominicana una tecnología que cambiaría para siempre el mercado local: el primer centro especializado en transmisiones automáticas. En un país donde la mayoría de los talleres trabajaban de manera artesanal, esta innovación fue un salto cuántico que posicionó al Centro Jaquez en una categoría completamente diferente.
Ese mismo año adquirió los terrenos en la entonces naciente Avenida 27 de Febrero, una zona que con el tiempo se convertiría en uno de los ejes comerciales más importantes de Santo Domingo. Allí levantó un centro moderno, equipado con tecnología de punta y diseñado para ofrecer un servicio integral. Poco después, tras capacitarse directamente en la fábrica en San Luis, Missouri, introdujo la primera máquina de alineación electrónica Hunter en el país. Los clientes no solo llegaban por necesidad mecánica: llegaban porque sabían que en el Centro Jaquez encontrarían lo más avanzado del mercado.
Durante su apogeo, el Centro Jaquez no era simplemente un taller: era un punto de encuentro. Por sus instalaciones pasaron familias enteras, empresarios, profesionales, artistas, deportistas, diplomáticos y ciudadanos de todos los sectores sociales. Muchos llegaron como clientes y se fueron como amigos. Otros, incluso, como parte de la familia extendida de Don Rafael y Doña Nurys.
La gente dejaba su vehículo en el Centro Jaquez y dormía tranquila. En una industria marcada por la informalidad, eso era un lujo que el centro ofrecía a precio de honestidad. Generación tras generación, el apellido Jaquez fue sinónimo de certeza en el mundo automotriz dominicano.
Ese fue el verdadero éxito del centro. No la tecnología, no las máquinas, no la ubicación privilegiada. Fue la integridad —esa cualidad rara e irremplazable que convierte un negocio en institución.
Una familia que construyó un legado
Detrás de cada logro, detrás de cada innovación, detrás de cada cliente satisfecho, siempre estuvieron Don Rafael y Doña Nurys. Juntos formaron una familia que creció al mismo ritmo que el taller. Juntos enfrentaron los desafíos de un país cambiante. Juntos levantaron un negocio que se convirtió en referencia nacional.
Doña Nurys Castillo, con su carácter firme y su calidez humana, fue el equilibrio perfecto para un hombre obsesionado con la excelencia técnica. Ella fue el corazón emocional del centro; él, su cerebro mecánico. Ambos, un equipo indestructible que ningún obstáculo logró separar ni debilitar.
Sus hijos crecieron viendo cómo sus padres trabajaban con dedicación absoluta, cómo trataban a los clientes con respeto, cómo defendían la honestidad como un principio irrenunciable. Ese ejemplo —más que cualquier logro empresarial— es el legado más valioso que dejan al mundo.
A lo largo de estas seis décadas, el Centro Automotriz Jaquez encontró en sus clientes mucho más que usuarios de un servicio. Encontró aliados, amigos y una comunidad que creyó en su palabra y caminó a su lado. Desde quienes llegaron por primera vez con la incertidumbre de un problema mecánico, hasta aquellos que generación tras generación hicieron del taller parte de su vida familiar. Cada historia depositada entre esas paredes es un capítulo de la historia dominicana moderna.
“Nada de esto hubiera sido posible sin ustedes. La lealtad y el cariño del público fueron el verdadero motor que mantuvo viva esta historia durante 67 años.”
Ese agradecimiento no es una formalidad protocolaria. Es una verdad profunda, construida día tras día, cliente tras cliente, historia tras historia. En cada mano extendida, en cada diagnóstico honesto, en cada factura que reflejaba el trabajo real sin adornos ni engaños, Don Rafael y Doña Nurys le dijeron a la sociedad dominicana: aquí estamos, y ustedes pueden confiarnos lo que más quieren. Y la sociedad respondió con algo que el dinero no puede comprar: fidelidad.
Hoy, a sus 89 años, Don Rafael mira hacia atrás y reconoce que su mayor obra no fue arreglar máquinas, sino construir vínculos humanos. Vínculos que el tiempo no podrá borrar. Vínculos que seguirán vivos en cada persona que alguna vez cruzó las puertas del Centro Jaquez y salió de allí con la certeza de que la honestidad todavía existe, de que hay lugares en el mundo donde la palabra de un hombre vale más que cualquier contrato.
El cierre del centro no es una despedida triste. Es la celebración de una vida bien vivida, de un trabajo bien hecho, de un legado que permanecerá intacto mucho más allá del 30 de mayo de 2026. Es el momento en que un hombre mira su obra, la reconoce completa, y tiene el valor y la lucidez de decir: misión cumplida.
El Centro Automotriz Jaquez se retira con la frente en alto, orgulloso de haber servido a todo un país y de haber dejado el mejor de los ejemplos. Se despide de las calles de Santo Domingo dejando una huella imborrable en el asfalto de la Avenida 27 de Febrero y en la memoria de todos los que alguna vez dijeron, con absoluta confianza: “llévalo donde Jaquez”.
“Honestidad y Trabajo Digno: Nuestro mejor legado.”



