Ha transcurrido casi un cuarto de siglo desde aquella madrugada del 14 de julio de 2002, cuando el panorama político dominicano vio cerrarse uno de sus capítulos más densos, prolongados y determinantes. La muerte del doctor Joaquín Balaguer Ricardo, a los 95 años de edad, extinguió la vida física del estadista, pero no la alargada sombra de su influencia, que 24 años después sigue proyectándose sobre la cultura política de la República Dominicana.
Siete veces presidente de la República, Balaguer gobernó de manera directa durante 22 años divididos en etapas diametralmente opuestas en la memoria colectiva: una transición compleja tras la tiranía trujillista, el cruento y controversial periodo de «Los Doce Años» (1966-1978) signado por la intolerancia y la represión a la disidencia, y la era de «Los Diez Años» (1986-1996), caracterizada por el pragmatismo político y los grandes pactos de gobernabilidad.
La vigencia de un estilo y sus contradicciones
A 24 años de su partida, el análisis sobre su figura dista mucho de haber alcanzado un consenso unánime. Para sus simpatizantes, Balaguer es recordado como el gran constructor del Estado moderno, el propulsor del sistema nacional de áreas protegidas y parques ecológicos, y el creador de la infraestructura vial, habitacional e hidráulica que sostiene gran parte del desarrollo urbano del país.
Para sus detractores, sin embargo, representa el rostro del autoritarismo ilustrado, el clientelismo desbordado y la impunidad, sintetizada en su recordada y lapidaria frase: «La corrupción se detiene en la puerta de mi despacho».
Aquella enigmática retórica de la advertencia oculta —como el célebre «Si toca esa tecla, se hunde»— definió un estilo de ejercicio del poder basado en el secreto, la paciencia y el conocimiento milimétrico de la psicología del pueblo dominicano.
Un vacío que el reformismo no ha logrado llenar
El paso de los años no ha tratado bien a la estructura orgánica que el caudillo dejó huérfana. A día de hoy, el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) sigue inmerso en la búsqueda de una renovación de liderazgo que le permita recuperar el protagonismo de antaño. La desaparición física del líder evidenció que el reformismo era, en esencia, un movimiento personalista articulado en torno a la voluntad de un solo hombre que, al marchar, se llevó consigo la fórmula del éxito de la organización.
No obstante, más allá del declive de su partido, las prácticas balagueristas —el asistencialismo del Estado, el peso decisivo del Ejecutivo frente a los demás poderes y la apelación al nacionalismo histórico— continúan vigentes en el ADN de las principales fuerzas políticas contemporáneas del país.
Veinticuatro años después de aquel masivo e histórico funeral de Estado que paralizó el país durante tres días, el enigma de Joaquín Balaguer sigue sin descifrarse del todo. Enterrado en el cementerio Cristo Redentor, el polémico literato y político ya no dicta los destinos nacionales desde su emblemática residencia de la Máximo Gómez, pero su herencia institucional y social sigue siendo un espejo imprescindible —para bien o para mal— donde la República Dominicana se ve reflejada cada día.



